Número 194

La calidad en la dieta alimenticia impacta la salud cerebral

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*No se piensa en el estado del cerebro, como sí se hace con otros órganos
 
*El exceso de una alimentación hipercalórica ocasiona menor número de contactos neuronales
La calidad en la dieta alimenticia impacta la salud cerebral y las funciones cognitivas a nivel vascular y de conexiones sinápticas que repercuten en problemas motores, de memoria y atención, así como en enfermedades mentales que se manifiestan en la edad adulta.
La doctora Kioko Rubí Guzmán Ramos, profesora-investigadora del Departamento de Ciencias de la Salud de la Unidad Lerma de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), consideró que nunca se piensa en la condición del encéfalo como sí se hace con otros órganos, debido al desconocimiento de que una nutrición deficiente por años o décadas puede generar diversos padecimientos.
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Una mala alimentación incide en el estado del cerebro, que definió como un miembro que instrumenta todas las funciones mentales, por lo que “un descuido en su salud podría reflejarse en algún tipo de padecimiento periférico” y provocar problemas de deterioro cognitivo leve –pérdida de memoria– y en caso extremo Alzheimer, demencia vascular o síndrome de korsakoff –producida por el consumo de alcohol– y padecimiento asociado a la malnutrición.
Dicho órgano es “el orquestador del cuerpo”, no sólo modula la respiración, el ritmo cardíaco, las funciones motoras, la liberación de hormonas para que los niños se desarrollen y crezcan, sino que “nos hace ser lo que somos como personas, nos da la identidad” y posibilita las interacciones sociales.
Un estilo de vida saludable es recomendado desde la infancia, por lo que es conveniente erradicar o disminuir el consumo de comestibles con una alta carga calórica proveniente de carbohidratos y grasas e incluir en la dieta proteínas, frutas y vegetales, además de evitar el sobrepeso y la obesidad, así como el estrés.
Para potenciar el conocimiento deben realizarse actividades mentales –lecturas y estudios– y físicas de manera regular, para alcanzar niveles de grasa corporal saludables que generen el aumento de la circulación sanguínea y la eliminación de neurotoxinas dañinas.
En la Conferencia Comida para el cerebro: efectos de la dieta en nuestras funciones cerebrales –realizada en la Unidad Cuajimalpa de la UAM expuso que existe una posible relación entre el Alzheimer y la diabetes, hecho que muestra los resultados de una desnutrición para ese órgano.
“Ochenta por ciento de los enfermos con Alzheimer presenta algún tipo de problema en el metabolismo de la glucosa, ya sea en estado prediabético o con diabetes declarada, y 98 por ciento tiene un origen no genético, multifactorial –exposición ambiental, estilo de vida y comida– de ahí que uno de los factores para que se presente la enfermedad es la dieta”.
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El exceso de una ingesta hipercalórica ocasiona menor número de contactos neuronales, decrecimiento de las proyecciones y prolongaciones dendríticas, como la reducción en el tiempo de vida de las neuronas para almacenar y procesar información de la memoria implícita, aprendida a través de la repetición.
Incluso los problemas de conducta en niños –déficit de atención– pueden reducirse con base en una nutrición basada en Omega 3, como mostró un estudio realizado a menores con este problema.
Durante seis meses la doctora Rubí Guzmán sometió a una dieta alta en calorías, con exceso de grasa y azúcar a un grupo de roedores que mostró efectos en el desempeño cognitivo y no en el motor, pues los ratones tardaron mucho más tiempo para salir de un laberinto de agua a causa de una memoria lenta por deficiencias de comunicación en el hipotálamo y la reducción de las prolongaciones en sus neuronas.
Para incrementar y preservar el sistema cognitivo se recomienda el consumo de alimentos con omega 3 de origen animal –pescados grasos: caballa, arenque, salmón, sardina, trucha–; vegetales –aceites de soya, maíz, girasol y semilla de uva, lechuga, espinaca, brócoli y col, entre otros–; frutas –fresas, aguacates–; semillas –lino, chía– y nueces, así como de flavonoides –uvas, té verde, cerezas, ajos, cebollas– y polifenoles –té, aceite de oliva, cacao, nueces, granada– entre otras.
La doctora en Ciencias Biomédicas y Química Farmacéutica Bióloga señaló que cambiar el estilo de vida implica transformar el comportamiento que propician la inactividad, el sedentarismo y una alimentación insuficiente, por hacer ejercicio, tener una dieta balanceada y sostener interacciones sociales.
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